

Una carcajada...
Suele atribuirse a Henry L. Mencken la regla de que “una carcajada vale por mil silogismos”. En principio la idea no está mal: muchas veces es más sencillo rebatir una idea o una creencia mostrando lo patentemente absurda que resulta que recurriendo a una argumentación larga, tediosa y en ocasiones totalmente inútil.
Por ejemplo: ¿cómo demostraría usted que un supuesto adivino es en realidad un charlatán? ¿Cómo conseguiría que los creyentes en los poderes místicos de un sanador comprendieran que se trata de un farsante? Difícil, ¿verdad? Salvo que se recurra a poner de manifiesto lo ridículo de estas afirmaciones.
Desde hace algunos días, la cadena española Antena 3 TV viene emitiendo “El castillo de las mentes prodigiosas”. Un programa que generó ciertas espectativas: según el planteamiento inicial, se trataba de encerrar en un castillo a unos cuantos adivinos, curanderos, médiums y otros especímenes de lo paranormal para someterlos a una serie de pruebas que permitieran comprobar si realmente poseían las facultades que aseguraban tener. La evaluación correría a cargo de un jurado, para cuya composición la productora solicitó la colaboración de destacados escépticos españoles.
Pero, ¡ay!, la realidad resultó ser bastante distinta. Para empezar, basta con echar un vistazo al elenco de “prodigios” concursantes, que son tan de cartón piedra como el propio Castillo: la bruja Lola, el profesor Mercury, Paco Porras, Leevon Kennedy... Un plantel que incluso hacía comprensible la presencia en el jurado de Aramís Fuster o el profesor D’Arbó: en comparación con las “mentes prodigiosas”, la bruja del pelo rojo o el inefable divulgador de lo paranormal resultan casi paradigmas de la racionalidad. Junto a ellos Gabriel Carrión (sustituyendo a una Beatriz de Orleáns que no resistió más que el primer programa), el padre Apeles y, como único representante del escepticismo -y casi podríamos decir que de la normalidad- Javier Armentia.
Una presencia que, todo hay que decirlo, ha generado cierta polémica. Para algunos la participación de Javier Armentia en un programa de este tipo constituye una mancha en su impecable carrera escéptica. Y es difícil, sin duda, meterse en la basura sin mancharse, pero por otro lado sería lamentable que un programa que trata sobre lo paranormal no contase con una voz racional. Una voz poco escuchada hasta ahora, y a veces hasta abucheada, pero que representa esa luz de cordura que los escépticos no podemos negarnos a encender incluso en los rincones más oscuros. La presencia de Javier Armentia en el Castillo puede que de momento, como dice él mismo, aporte más bien poco. Pero ese poco es muchísimo más que lo que aportaría un Iker Jiménez, un Bruno Cardeñosa, un “Antonio David Salas” o cualquier otro de los muchos “investigadores” que pululan en el circo mediático de lo paranomal.
Además, a tenor de lo que hasta ahora hemos podido ver tampoco es que haga demasiada falta que alce la voz. Para mostrar lo absurdo de los planteamientos paranormales Javier Armentia no tiene ninguna necesidad ni de usar silogismos, ni de provocar las carcajadas: los moradores del Castillo se bastan y se sobran ellos solitos.
Y casi desde el principio. Los conjuros, hechizos y payasadas similares de la primera noche de emisión no lograron invocar a espíritu alguno, pero provocaron risas incontenibles incluso entre los asistentes al programa que intentaban seguir los rituales. En fin, un espectáculo tan patético que las cifras de audiencia fueron más bien discretas, probablemente porque muchos televidentes cambiaron de canal abrumados por ese extraño sentimiento que llamamos “vergüenza ajena”.
Y si el resultado del primer día fue desolador, no lo fue menos el del segundo. Ni el jurado ni las pruebas diseñadas para probar las presuntas habilidades paranormales de los fantasmas del Castillo embrujado, no: fue el simple azar el que demostró sin lugar a dudas que las facultades parapsíquicas (y puede que también las psíquicas) de los encerrados son equiparables más o menos a las de un mejillón. Con perdón de los mejillones. Y es que el techo del decorado se derrumbó sobre la mesa del comedor, provocando el sobresalto, el susto y la alarma de los videntes –que por supuesto no habían profetizado el suceso- y obligando incluso a que alguno de aquellos portentos dotados de misteriosas facultades de sanación recibiera una asistencia sanitaria de urgencia de lo más prosaica. Que eso de las pócimas, los hechizos o los lengüetazos en las almorranas (que Paco Porras asegura son un remedio infalible) queda para los pardillos, pero a la hora de la verdad no hay nada como el betadine y unas tiritas.
En fin, se pueden imaginar el resto. Brujas tirándose de los pelos, magos invocando al norte mirando hacia el este, una adivina sorprendida ante la inesperada noticia de la enfermedad de su marido, un ritual para fecundar la tierra en el más literal y pornográfico sentido del término... Un espectáculo tan cutre y tan patético que el obligado resumen-comentario diario sobre el programa se ha convertido en un festival de risas y burlas, y que hace que el objetivo final del concurso, comprobar cuál de los concursantes posee “la mente más prodigiosa”, se haya transformado simplemente en constatar cuál de ellos resulta finalmente menos memo. Algo que están poniendo muy difícil: pocas veces se puede contemplar una competición más reñida. Y menos apasionante, por lo visto: las cifras de audiencia caen sin cesar, y parece incluso que Antena 3 se está replanteando la emisión del engendro; una circunstancia que, por supuesto, las “mentes prodigiosas” tampoco han sido capaces de adivinar...
Quien atribuye a Mencken eso de que “una carcajada vale por mil silogismos” es Martin Gardner. Puede que se lo haya inventado, porque Gardner es muy aficionado a este tipo de camelos. Pero, en todo caso, cuadra perfectamente con el personaje, mordaz y sarcástico como pocos. Lo que no sé yo es qué hubiera dicho ante “El Castillo de las mentes prodigiosas”.
Supongo que se habría quedado sin habla. Como la bruja Lola, vamos.
Nota: el autor hace constar expresamente que su intención al escribir el presente artículo ha sido simplemente la de hacer reír; por lo tanto pide humildemente perdón a cualquier mejillón que pudiese sentirse ofendido por la alusión del párrafo octavo.
IV/04