

Apuntes de Criptoherpetología estival
Una de las enseñanzas de la evolución es que los seres vivos suelen adaptarse a cualquier nicho ecológico disponible. En cuanto existe la más mínima posibilidad de explotar un rinconcito natural que aún no esté ocupado, la naturaleza se encarga de proporcionar especies con las que rellenarlo, aunque para ello tenga que ingeniárselas para conseguir que una bacteria considere que una chimenea volcánica submarina es un lugar francamente acogedor, que un oso acabe creyendo que las hormigas son un manjar de dioses, o que un escarabajo pelotero... bueno, que haga pelotas. El caso es que el huequecito ecológico esté libre: en el equivalente geológico de un parpadeo habrá alguna especie que se haya instalado en él.
Y eso es justamente lo que hacen las serpientes de verano.
Las serpientes de verano suelen ser noticias curiosas, intrascendentes y, a menudo, francamente estrafalarias. Un tipo de noticias que, por supuesto, se da durante todo el año, pero que sólo en verano puede proliferar aprovechando esos huecos que dejan las noticias serias en la prensa, la radio y la televisión con motivo de las vacaciones.
Se trata por tanto de un género muy variado, en el que cabe prácticamente cualquier cosa, desde el reportaje de un señor que lleva veinticinco años caminando con dos zapatos del pie izquierdo hasta una reseña de un restaurante para gatos recientemente inaugurado en Nueva York. Pero las más abundantes y mejores serpientes de verano son noticias relacionadas con los fenómenos extraños y paranormales.
Algo por otra parte perfectamente lógico: al fin y al cabo, las noticias que provienen de ese mundillo son curiosas, intrascendentes y decididamente estrafalarias en verano y en cualquier otra época del año. Pero si durante el resto del año suelen permanecer agazapadas en su hábitat natural (las revistas y programas del género), el verano les proporciona una oportunidad inigualable para saltar a los informativos supuestamente serios. Y es que en esta época se tiende a buscar entretenimientos sencillos, fáciles y que no requieran demasiado esfuerzo mental. Y la cantidad de esfuerzo mental que requieren este tipo de noticias es, evidentemente, nulo.
De modo que, aprovechando que ya se van acabando las vacaciones, la vida vuelve a su ritmo normal (o anormal, según se mire) de todos los días, y las serpientes de verano se van retirando a sus cuarteles de invierno, daremos un pequeño repaso a lo que ha dado de sí este año la criptoherpetología estival. O sea, el estudio de las serpientes paranormales del verano.
Verano que se estrenó, en realidad, en primavera, cuando la noticia saltó a los medios de comunicación de todo el mundo: el Ejército del Aire de México había captado unas filmaciones de ovnis que había entregado a unos científicos para su estudio. Nada menos.
O bueno, en realidad bastante menos: la filmación no se la habían entregado a un equipo interdisciplinar de investigadores de las mejores universidades de México, o a la NASA, o a ningún organismo científico. Ni siquiera a ningún microorganismo científico. Se la dieron a Jaime Maussán, que es más o menos el equivalente mexicano de nuestro J. J. Benítez, un ufólogo convicto y confeso que tiene de científico más o menos lo que pudiera tener un servidor de bailarín de ballet clásico. Y cuya “investigación”, como era de esperar, se redujo a lo que es habitual en estos casos: Maussán se limitó a mostrar el vídeo en su programa de televisión presentándolo como la primera prueba oficial y, por tanto, irrefutable, de la existencia de los platillos volantes. Naturalmente, no tardaron en aparecer científicos –de los de verdad- que ofrecieron explicaciones más racionales y, sobre todo, más “terrestres”, pero en vano: la magnitud de la serpiente, digo de la noticia, consiguió acallar eficazmente esas voces críticas, y el caso de las lucecitas mexicanas quedará para la posteridad como un caso ovni tan sólido e incontestable como los de Roswell, Manises, las fotos de Billy Meier o el marciano que abrazó a J. J. Benítez cuando era un chavalín (Benítez, no el marciano).
O como el ovni de Tugunska, que es otra serpiente clásica que reapareció este verano. Tugunska es un remoto paraje de Siberia en el que, en 1908, se produjo la explosión de lo que probablemente fuera un fragmento de un cometa. Dado lo remoto e inaccesible del lugar, la primera expedición científica que visitó el lugar lo hizo en 1927, y prácticamente tuvo que limitarse a describir la pavorosa escena de millones y millones de árboles arrasados. La posición de los árboles más cercanos al centro del área devastada, que aún estaban erguidos, y la ausencia de cráter, indicaban claramente que la explosión se produjo en el aire, pero por esta misma razón ni aquella ni las expediciones posteriores lograron encontrar restos del objeto que explotó. Lo cual, evidentemente, ha hecho que los aficionados a los ovnis hayan convertido Tugunska en todo un caso ovni: si no hay rastro de lo que explotó, indudablemente debía ser un platillo volante repleto de marcianos. Una especulación típica de la ufología: gratuita, improbable, y sin la menor evidencia a su favor.
Hasta ahora. Porque este año, la “Fundación Fenómeno Espacial de Tugunska” ha anunciado que ha encontrado restos de lo que parece ser alguna nave espacial. Una noticia que han publicado con todo lujo de detalles los periódicos rusos, a pesar de que en realidad no es ninguna novedad: hace varios años que esta serpiente veraniega asoma la cabeza con regularidad en la prensa rusa. La única diferencia es que esta vez hay algunos científicos dispuestos a conceder a la noticia algún viso de credibilidad. Y es que la región de Tugunska se encuentra justo bajo la trayectoria de los cohetes espaciales lanzados desde la base rusa de Baikonur, de modo que no sería raro que, en efecto, los investigadores hayan encontrado realmente fragmentos de alguna nave espacial. Terrestre, pero nave espacial, al fin y al cabo.
Y es que los investigadores de lo insólito este año están “que se salen”. El éxito de la “Fundación Fenómeno Espacial de Tugunska” es sólo uno de los muchos que hemos podido conocer este año, entre los cuales queremos destacar uno en particular: la aparición de la Atlántida. El que hasta ahora era “el Continente Perdido”, gracias a los esforzados “misteriólogos” ha pasado a ser sin lugar a dudas “el Continente Encontrado”.
De hecho, podríamos llamarlo “el Continente Encontrado en un montón de lugares”. Porque así ha sido: casi al mismo tiempo, sendos pseudoinvestigadores anunciaban triunfalmente que habían encontrado restos de la Atlántida en el Estrecho de Gibraltar y en aguas cubanas. Y no ha pasado mucho tiempo sin que otros investigadores hayan anunciado el mismo descubrimiento en las marismas de Doñana y en Irlanda, respectivamente. Si añadimos otros hallazgos de este estilo, como las ruinas submarinas de Bímini, la pirámide submarina del Triángulo de las Bermudas, o las asombrosas revelaciones de Georgeos Díaz en el sentido de que el Arco del Triunfo de Medinaceli o el Acueducto de Segovia son en realidad obras realizadas por los talantes, tendremos un panorama ante el que cualquier persona con la “mente abierta” se alegraría de semejante golpe a los escépticos: no sólo se confirma que la Atlántida existió, sino que además se descubre que existió en por lo menos media docena de lugares a la vez.
Ante este éxito, no es extraño que se estén organizando otras muchas expediciones a la caza de misterios. La más atractiva es quizá la que organiza la “Steve Currey’s Expedition Company”, una empresa que no ha dudado un momento ante la oportunidad de emprender una nueva aventura, realizar un colosal descubrimiento y, sobre todo, sacar el dinero a los pardillos que se apunten a su viaje: nada menos que la búsqueda del agujero del Polo Norte por el que se entra al interior de la Tierra Hueca. La expedición está prevista para el verano de 2006; les informaremos en su momento, aunque ya les podemos anticipar que se saldará con un rotundo éxito. Al menos, para los bolsillos de Steve Currey.
Estas alegrías compensan sobradamente la ausencia de una de las serpientes veraniegas más clásicas: el “Megalotaria longicollis” o “Nessiteras rhombopteryhx”. O sea, el monstruo del lago Ness, que este año no se ha dignado aparecer. Y se le ha echado de menos, porque un verano sin “criptobicho” no es un verano. Al fin y al cabo, su único sustituto hasta ahora eran los extraños monstruos avistados por los automovilistas que viajaban por la región de Atacama, en Chile. Descritos como “gárgolas” o “dinosaurios de dos patas”, estos terroríficos bichos han dado más de un susto a los testigos de su aparición, aunque a cambio han proporcionado una doble satisfacción: la de los estudiosos de lo paranormal, alguno de los cuales ha llegado a afirmar que se trata sin lugar a dudas de velocirraptores, y, sobre todo, la del dueño del criadero de avestruces del que se habían escapado, que llevaba ya un par de meses buscándolos.
Pero los “velocirraptores” chilenos sabían a poco. Y hete aquí que, en el último momento, ha aparecido un monstruo mucho más acorde con los cánones del género: los Gusanos Asesinos del Desierto del Gobi. Unos terribles monstruos que atacan a sus víctimas mediante sacudidas eléctricas capaces de matar o, como mínimo, atontar a una persona.
O sea, la perfecta criptoserpiente de verano. Porque no me negarán que este tipo de noticias son capaces de atontar del todo a una persona, ¿verdad?
IX/04