El Estilita

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Planeta Encantado

(Publicado en el diario Información el 16-12-03)

 

Una de las costumbres más curiosas de las democracias es eso de la recogida de firmas. Se elabora una petición, un escrito o un manifiesto, y a continuación se empiezan a recoger firmas en su apoyo, cuantas más mejor. Cosa que, si uno lo piensa, en realidad no tiene demasiada importancia: un mayor o menor número de firmas no quiere decir que el manifiesto sea más o menos correcto, razonable o disparatado.

Probablemente sea esa una de las razones por las que los manifiestos, por mucho apoyo popular que reciban, suelen servir de más bien poco. Todos conocemos casos de recogidas de miles y miles de firmas populares que apenas han servido para llenar de papelotes el mostrador del Registro de Entrada de un Ministerio, o para que artistas de toda condición se hagan una foto demostrando una solidaridad que en muchos casos es tan falsa como la sonrisa que exhiben al retratarse para la firma. Y, sin embargo, hay casos que merecerían un poquito más de atención.

Como el que está empezando a circular estos días. Sus firmantes son por ahora pocos, algo más de doscientos, pero la lista llama la atención no por el número, sino por su condición: arqueólogos, paleontólogos, historiadores, prehistoriadores, físicos... En un país como el nuestro en el que la investigación científica sigue siendo más bien escasa, y en el que los científicos son más bien reacios a movilizarse sobre cuestiones ajenas a su trabajo, resulta como mínimo llamativo que en pocos días un par de centenares de ellos hayan suscrito un manifiesto relativo a un programa de televisión. Porque de eso se trata, precisamente: de la serie “Planeta Encantado”, que emite TVE.

Para quienes tengan la fortuna de no haberlo visto, “Planeta Encantado” es una serie en la cual, en formato documental, el conocido periodista y escritor Juan José Benítez nos explica sus teorías acerca de supuestos enigmas repartidos por todo el mundo. Unas teorías a cual más peregrina y que, como destaca el manifiesto, han sido totalmente refutadas por la investigación científica: de sobra está demostrado que los “moais” de la Isla de Pascua no fueron elaborados por extraterrestres o que las “Piedras de Ica son tan solo un timo para turistas incautos, y parece como mínimo arriesgado suponer que Jesucristo se sentase alguna vez en el Coliseo romano (teniendo en cuenta, sobre todo, que el Coliseo fue comenzado a construir en el año 72 después de Cristo).

“Esto puede echar por tierra veinte años de divulgación científica”, comentaba hace un par de años un prestigioso paleontólogo ante el éxito de un libro en el que otro de estos vendedores de misterios prefabricados aseguraba que la Humanidad provenía no de un largo y penoso proceso evolutivo, sino de la manipulación genética de nuestros antepasados por parte de unos terroríficos marcianos. Y algo así es lo que vienen a sugerir los firmantes del manifiesto: a la vista del desolador panorama de la divulgación cultural y científica en nuestras televisiones, solo faltaba que una emisora pública nos coloque un “documental” de este tipo. Para echarse a llorar, vamos.

Realmente vivimos en un planeta, en un universo encantado. Por todas partes nos rodean maravillas y misterios: los planetas y el cielo, los territorios inexplorados, la vida de los animales y plantas, los mecanismos de la evolución... Y también, por supuesto, nuestra historia: desde aquellas construcciones del pasado que aun hoy nos fascinan, hasta los logros que aún tenemos por delante. Pero son los científicos y los investigadores rigurosos quienes nos pueden enseñar esas maravillas de ayer y de hoy, y quienes ponen los cimientos de las del mañana, no quienes nos venden enigmas ficticios o misterios imaginarios.

Según el parte meteorológico, esta noche hará buen tiempo. Así que, si tiene usted previsto quedarse a ver “Planeta Encantado”, mejor apague la tele y salga a contemplar las estrellas. Ciertamente no verá bajar de ellas a marcianos dispuestos a hurgar en sus genes, a levantar estatuas por el aire o a enseñarle a cazar dinosaurios. Pero no hace falta: la realidad es muchísimo más interesante, más fascinante y más bonita que la ficción. Por mucho que nos presenten a ésta disfrazada.

 

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