El Estilita

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El coche de Jesús

(Publicado en el diario Información el 18-01-04)

 

Los documentales de “La Dos” de TVE suelen tratar sobre animales, pero de vez en cuando se les cuela alguno que muestra las costumbres, el modo de vida y las peculiaridades de pueblos exóticos. Los yanomami, los bosquimanos, los indígenas de Australia... grupos humanos que viven en zonas remotas y aisladas, gracias a las cuales han podido conservar sus diferencias culturales. Y sin embargo, a veces se echa de menos que no nos informen de otro grupo aún más exótico, extraño y a veces francamente estrafalario, que además tiene la ventaja de estar muchísimo más a mano que cualquier tribu de las selvas de Borneo: los fundamentalistas norteamericanos.

En su afán por mantener las esencias de una estricta interpretación del cristianismo, los grupos más fundamentalistas de los EE.UU. han llegado a rechazar los descubrimientos científicos, sosteniendo por ejemplo que la Tierra y el Universo todo fueron creados hace poco más de seis mil años (concretamente, que Dios comenzó su Creación el 23 de octubre del año 4004 antes de Cristo, a eso del mediodía... y no es una broma mía, realmente lo creen). O que la evolución no es un hecho constatado, sino una teoría perversamente ideada por los ateos para poner en peligro las creencias religiosas. Que, diga lo que diga la astronomía, nuestro planeta es el centro alrededor del cual gira todo el resto del Universo. O incluso, en los casos más extremos, que la Tierra es plana: así lo dice la Biblia y no hay más que hablar.

Naturalmente, un fanatismo de tal calibre no se extiende solo a la ciencia, sino a cualquier otro ámbito de la vida, y así tenemos esas vigorosas campañas contra los libros de Harry Potter (con hoguera incluida), o la negativa a las vacunas o las transfusiones de sangre que de vez en cuando nos proporciona alguna noticia trágica, cuando el hijo de los miembros de alguna de estas sectas fallece porque sus padres prefirieron confiar en la bendita oración antes que en la demoníaca medicina.

Lo que no sabía yo es que también se metían con los coches.

“El coche que Jesús conduciría” es el título más o menos oficioso de una curiosa campaña que llevan a cabo en Estados Unidos desde hace algunos años grupos fundamentalistas y ecologistas, unidos por una vez en sus objetivos: luchar contra el despilfarro de combustible. Según afirman con toda seriedad, Jesús no conduciría jamás un deportivo, una enorme limusina y, sobre todo, uno de esos artefactos infernales, los todo-terreno.

No cabe duda de que los todo-terreno están de moda. Por supuesto, hay quien se compra un coche de este tipo porque le gusta pasear por el campo, o suele ir de caza, o tiene necesidad de transitar por caminos impracticables para otros automóviles. Pero también hay muchísimos casos en los que los todo-terreno jamás han pisado nada que no sea asfalto, y sus compradores los han comprado por motivos estéticos o incluso por razones psicológicas: se trata de coches grandes, con aspecto robusto y muy altos, de modo que proporcionan una gran sensación de seguridad. Que en parte es cierta: la visión de uno de estos monstruos puede intimidar a los demás conductores y hacerles extremar la precaución. Pero que en realidad es falsa: las leyes de la física no se intimidan con tanta facilidad, y un todo-terreno sigue siendo un coche, con tantas limitaciones como los demás coches e incluso algunos inconvenientes añadidos, como su mayor peso, su alto centro de gravedad o una estructura muy rígida y, por tanto, con poca capacidad para absorber impactos.

Los todo-terreno consumen más que un coche corriente, y mal empleados pueden además ser muy dañinos para el entorno. De modo que razones económicas o ecológicas para criticar a quienes los compran simplemente por seguir la moda no faltan. Pero no veo la necesidad de buscar argumentos teológicos.

Sobre todo porque es bastante evidente qué coche conduciría Jesús, y no sería un todo-terreno, pero tampoco un utilitario o uno de esos modernos y carísimos híbridos. Sería sin duda una furgoneta, comprada probablemente de segunda mano, y con un vistoso rótulo que diría “Carpintería San José e Hijo”. Vamos, digo yo.

 

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