
El Estilita
Las dichosas letritas
(Publicado en el diario Información el 30-03-04)
En 1975 un grupo de 186 científicos (entre ellos, 18 premios Nobel) hacían público su manifiesto titulado “Objeciones a la astrología”, en el que planteaban la necesidad de que la astrología fuese considerada como lo que es: una creencia sin el más mínimo fundamento científico. Quince años más tarde, en 1990, el mismo manifiesto era publicado en España, esta vez suscrito por nada menos que doscientos cincuenta y ocho científicos, entre los que se encontraban la práctica totalidad de los astrónomos de nuestro país.
La creencia en la astrología tiene motivaciones sociológicas y psicológicas muy profundas. En “Objeciones a la astrología”, los científicos decían que “en estos tiempos de incertidumbre muchos buscan la comodidad de tener una guía para tomar sus decisiones. Les gustaría creer en un destino predeterminado por fuerzas astrales más allá de su control.” Y evidentemente es cierto: resulta mucho más cómodo creer en un destino ya fijado en las estrellas, que podemos consultar para orientarnos y al que podemos achacar lo bueno y lo malo que nos ocurre, que aceptar la realidad: que nuestro futuro depende de nosotros y no de las estrellas.
Más aún: en esta época en la que predominan la cultura y la educación, sigue diciendo el manifiesto, “debería quedar claro que quienes continúan teniendo fe en la astrología lo hacen a pesar del hecho de que no existe ninguna base científica verificable para sustentar sus creencias, y que realmente hay evidencias, y muy fuertes, de lo contrario”.
Y sin embargo, no ha ocurrido así. Catorce años después de que se publicara el manifiesto en España, y a los casi treinta de su primera publicación en EE.UU., las cosas siguen igual. En parte porque las creencias supersticiosas, irracionales y a veces incluso abiertamente absurdas y ridículas, gozan de un cierto auge en nuestra sociedad: todos conocemos personas que nos explican con toda seriedad que han ido a que les echen las cartas, o han acudido a una sesión de “chi kung”, o han recurrido a algún sortilegio contra el mal de ojo que padecen, y expresiones como “energía positiva” o “buenas vibraciones”, propias de ese conjunto de creencias disparatadas llamado “New Age”, han pasado ya al lenguaje corriente.
Pero la astrología juega, además, con una ventaja: la confusión. Y es que la distinción entre la astrología (la creencia supersticiosa en la influencia de los astros sobre las personas) y la astronomía (el estudio científico de los cuerpos celestes) sigue sin estar muy clara para mucha gente.
Pongamos un ejemplo. Hace unos meses, la organización de la Vuelta Ciclista a España difundió por los medios de comunicación el programa de la competición de este año, y destacaba, entre otras novedades, la que puede ser una de las etapas reinas de la prueba: la subida a Calar Alto. Una subida de la que se destacaba su gran dificultad, entre otras cosas por la gran altitud del monte almeriense; tan alto, tan alto, que en su cima hay instalado, según el comunicado oficial, un “observatorio astrológico”.
Semejante metedura de pata ha pasado, que yo sepa, absolutamente inadvertida. Cosa nada extraña si tenemos en cuenta que también se habla del “observatorio astrológico” en la propaganda de algún establecimiento de turismo rural de la zona, y hasta en la página de Internet de la empresa que construyó la cúpula del observatorio.
“Astrólogos” eran, según la Agencia EFE, los científicos húngaros que anunciaron hace poco el descubrimiento de un planeta extrasolar. Y “astrólogos” son, según algún periódico, quienes han descubierto a Sedna, un nuevo cuerpo del Sistema Solar que pone en entredicho la estructura que hasta ahora hemos aprendido: o Sedna es considerado un planeta, en cuyo caso sería el décimo de nuestro Sistema (y probablemente no el último), o bien se le cataloga como planetoide, y entonces habrá que replantearse si no bajamos también de categoría a Plutón, que es más o menos igual de pequeño. Cosa que, de paso, afectará a los horóscopos: si Sedna es un nuevo planeta, estarán equivocados, ya que hasta ahora la astrología sólo ha tenido en cuenta a los nueve ya conocidos (y de ellos, a Urano, Neptuno y Plutón sólo después de que los astrónomos descubrieran su existencia). Y si Plutón deja de serlo, tendrán que borrar de las cartas astrales sus hasta ahora poderosas influencias en nuestro destino. Digo yo, vamos.
En fin, que los científicos firmantes de aquellos manifiestos tenían razón, pero no tuvieron en cuenta ese factor: la confusión entre astrología y astronomía. Que viene a ser más o menos como confundir un libro de J. J. Benítez con otro de Stephen Hawking, o tomar con la misma seriedad las payasadas de los huéspedes de “El Castillo de las Mentes Prodigiosas” y los documentales de “La Dos” de TVE.
Aunque, si comparamos lo que se lee a Benítez y a Hawking, o la audiencia de ambos programas, me temo que el problema está mucho más allá de ese par de letras de diferencia.
IV/04