El Estilita

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Antonio Salas

(Publicado en el diario Información el 11-04-04)

 

La profesión de periodista puede llegar a ser una de las más peligrosas del mundo. Estos días, por ejemplo, se conmemora el primer aniversario de la muerte de Julio Anguita Parrado y José Couto, que murieron cumpliendo con su misión de informar sobre esa dichosa guerra de Iraq que nunca se acaba. Y no hace mucho pudimos ver con un estremecimiento las imágenes de la agonía de Ricardo Ortega, el enviado de Antena 3 TV que resultó alcanzado por varios disparos durante la reciente crisis de Haití. No eran los primeros y no serán los últimos, porque siempre habrá quien arriesgue su vida para ofrecernos una crónica radiofónica, una noticia periodística, unas imágenes de telediario o un reportaje de investigación, y exponerse a un peligro a veces mortal forma parte, como dice alguno de esos reporteros, de los “gajes del oficio”.

Pero una cosa es asumir ese peligro y otra inventárselo como argumento comercial. Uno de los más recientes éxitos editoriales es el libro “El año que trafiqué con mujeres”, firmado por Antonio David Salas Rey. Un nombre ficticio: el autor ha explicado miles de veces y en todos los medios que se ve obligado a usar pseudónimo ante los peligros a los que le han expuesto sus investigaciones sobre el mundo de la prostitución o el de los grupos neonazis, sobre quienes escribió su “Diario de un skin”. De hecho, incluso ha llegado a alardear de ese riesgo que dice correr dedicando su libro “a mi compañero Xosé Couso, por dejarse la vida en el oficio.” En fin, que uno casi se imagina al pobre “Antonio Salas” escondido, procurando no dar un ruido, ocultándose por todos los medios del acoso de las redes de prostitución y de neonazis dispuestos a sacarle las tripas en cuanto den con él.

Pero no es así. Para empezar, porque el tal “Antonio Salas” tampoco ha puesto demasiado empeño en ocultarse. Más bien todo lo contrario: apariciones en la radio, entrevistas en prensa, alardes de su trayectoria como “periodista de investigación”... el supuesto acosado y perseguido se ha prodigado tanto que incluso ha llegado a protagonizar un episodio insólito, una especie de acto de onanismo periodístico en el que él mismo, con su verdadera identidad, entrevista a su “alter ego”. Y hasta llegó a aparecer en la fotografía de portada de un suplemento dominical, con un somero disfraz que apenas disimulaba sus rasgos físicos. Vamos, que Antonio Salas se las ha arreglado para que lo único realmente difícil sea que alguien no sepa a estas alturas quién se esconde detrás de ese pseudónimo.

Y es que, en el fondo, el pobre sufre de un problema de deformación profesional. Me explico: si tienen ustedes la ocurrencia de hojear una revista de lo paranormal encontrarán titulares que hablan de misterios escalofriantes, fenómenos inexplicados y demás majaderías al uso. Pero si se fijan en las fotos, raramente se referirán a esos misterios, esos fenómenos y esas majaderías: en la mayoría de ellas lo que aparece es el “investigador” que firma el reportaje, usualmente ataviado con un chaleco de muchos bolsillos, y poniendo cara de encontrarse en un estado de profunda meditación. Es una especie de culto a la personalidad (propia) muy típico de este mundillo. Y, teniendo en cuenta que “Antonio Salas” proviene precisamente del periodismo de lo paranormal, no es extraño que haya sucumbido a la tentación de darse bombo sacrificando incluso esa discreción tan necesaria para salvar su vida.

Aunque eso es lo que asegura él, porque en realidad el riesgo que correría al revelar su verdadera identidad no parece tan terrible. De hecho, esos “enemigos” de cuya mortal enemistad presume parecen conocerle bastante bien; lo suficiente como para hablar de él con su nombre y apellidos. Claro que, en honor a la verdad, tampoco parece que le odien a muerte: los grupos neonazis más bien se cachondean de él, y todo lo más le echan en cara que para escribir su “Diario de un skin” copió al pie de la letra muchos de los contenidos de sus páginas y foros de opinión en internet. En cambio, los empresarios de clubes de alterne se quejan de todo lo contrario, de que en “El año que trafiqué con mujeres” no es que falte originalidad, sino que sobra imaginación, así que han anunciado que emprenderán acciones judiciales por las falsedades que, según ellos, menudean en el libro. Vamos, que si se encontrasen con él probablemente le darían un par de pescozones, algo así como la “colleja” que en su día le propinó en televisión el Padre Apeles. Pero poco más.

En fin, que todo indica que lo del peligro tan terrible, el riesgo mortal, no es más que un simple truco comercial. Un truco que se apoya además en algo tan poco ético como es mencionar a un periodista que sí que corrió auténticos riesgos y que murió en el desempeño de su labor. Un truco sucio, vaya.

José Couto, Julio Anguita Parrado o Ricardo Ortega han entrado ya en la historia del periodismo. Y con todos los honores. Pero “Antonio Salas”, es decir, Manuel Carballal, está intentando colarse por la puerta falsa, disimulando la más que discutible calidad de sus “investigaciones” con el mito de un riesgo ficticio. Y eso, la verdad, está feo. Vamos, digo yo.

 

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IV/04