El Estilita

El Estilita

 

La Pasión

(Publicado en el diario Información el 11-05-04)

 

Hay que reconocer que estos tiempos de cambio político resultan apasionantes. Reformas en las instituciones, renovación de cargos, nuevas orientaciones políticas... en fin, tantas novedades que a veces hasta resultan un tanto confusas. Por ejemplo, tenemos eso de la censura previa: después de que el ministro de la Gobernación, digo, del Interior, tuviera la ocurrencia de decir aquello de que hay que controlar las actividades de todas las confesiones religiosas, el presidente Rodríguez Zapatero lo “arregló” explicando que en realidad su ministro se refería a la necesidad de controlar todo lo que se diga en una tribuna pública. Y claro, como este rinconcito que me presta “Información” es una tribuna pública (vean, lo pone ahí arriba: “Tribuna”), no se imaginan ustedes la de vueltas que he tenido que dar intentando enterarme de dónde hay que entregar el manuscrito de un artículo antes de publicarlo. De momento nadie lo sabe, pero supongo que será cosa de esperar a que terminen de reorganizar el Ministerio. Yo, al menos, lo he intentado.

Porque hay que intentarlo. Imagínense que uno escribiera cualquier inconveniencia. Por ejemplo, algún comentario sobre la habilidosa negociación europea de la flamante ministra de Agricultura. En vista de sus resultados, cualquiera diría que además de las subvenciones del aceite y el algodón la ministra ha ido a negociar algo sobre la producción de huevos, porque es justamente ahí donde nos han dado la patada. Pero hay que reconocer que decir semejante cosa puede llegar a molestar a la susodicha.

Así que se somete el artículo a la censura previa, y todos salimos ganando: la ministra, porque se ahorra el disgusto, ustedes, porque se libran del chiste malo, y yo... bueno, yo no correría el riesgo de entrar en alguna “lista negra”. Como esa que parece que ha elaborado el gobierno catalán. Ya saben: una lista con los nombres de los periodistas y medios de comunicación más desafectos al Régimen, y comentarios del estilo de que habría que cambiar la dirección de tal periódico, o que no hay que conceder entrevistas a según qué informadores. No sea que se les ocurra informar, claro.

Claro que lo de la “lista negra” parece un método demasiado tosco. Es mejor la acción preventiva. Por ejemplo, la que acaba de anunciar el Ministerio de Trabajo, informando de que a partir de ahora el INEM ya no suministrará los datos de paro registrado. Así, si aumenta el paro, no hay problemas: nadie va a criticar al ministro, ni recordar maliciosamente aquello de los ochocientos mil puestos de trabajo de Felipe González, ni nada de nada, sencillamente porque como no se van a enterar... En fin, que eso sí que es censura previa de la buena.

Y eso que tampoco se puede decir que haga demasiada falta. El cambio político nos ha traído un mecanismo aún más eficaz que las tijeras y el rotulador negro, las listas negras o el no facilitar datos que puedan resultar molestos: la autocensura. Algo debe tener de hipnótico la sonrisa de Rodríguez Zapatero cuando ha conseguido que tantos periodistas, antaño dispuestos a saltar con uñas y dientes a la yugular de los ministros del gobierno de Aznar, ahora guarden un discreto silencio. La metedura de pata de la ministra de Cultura, cuando aseguró solemnemente que iba a bajar el tipo de IVA de los discos y los libros y luego, al enterarse de que la Unión Europea no permite tal cosa, tuvo que rectificar diciendo que se trataba solamente de “la expresión de un deseo”, hubiera propiciado hace unos años páginas y páginas de comentarios sangrantes. La anécdota del ministro de Defensa dirigiéndose de “vos” al presidente Zapatero (“os agradecemos que hayáis venido...”) hubiera dado para innumerables tiras cómicas sobre un personaje, el de Bono, cuyo desmedido ardor guerrero da para más de un chiste. Quienes se quejaban del servilismo de Aznar ante los intereses norteamericanos hubieran podido ponerse las botas viendo al ministro de Exteriores poniéndonos rendidamente y sin condiciones al servicio del “eje francoalemán”. Y así sucesivamente.

Y es una pena. Porque los tiempos de cambio político, como decíamos al principio, resultan apasionantes. Pero resultarían aún más apasionantes si todas esas meteduras de pata, todos esos anuncios de promesas irrealizables, todas esas amenazas de censura previa, de control a la prensa y de listas negras las hubiesen hecho los miembros del gobierno del Partido Popular. Entonces sí que hubiésemos asistido a auténticas oleadas de indignación mediática, críticas apasionadas y columnas de opinión inmisericordes. Entonces sí que hubiésemos tenido auténtica pasión.

Tanta que, en comparación, “La Pasión” de Mel Gibson parecería poco más que un picnic.

 

Artículo publicado en

 

Volver al menú principal

Ir a

 

V/04